El Castillo

El Castillo

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—Y así todo estaría arreglado —continuó K—, y podríamos despedirnos, tú podrías irte con tu señor Jeremías, que probablemente aún siente el frío del jardín de la escuela y a quien tú, en consideración a ello, ya le has abandonado demasiado tiempo, y yo podré regresar a la escuela o, como allí sin ti no tengo nada que hacer, a cualquier otro sitio donde me acojan. Si, no obstante, aún vacilo, es por un buen motivo: aún dudo un poco de lo que me has contado. De Jeremías tengo la impresión contraria. Mientras estaba de servicio, estaba detrás de ti y no creo que el servicio le hubiese impedido por mucho tiempo asaltarte. Ahora, en cambio, desde que considera que ha sido liberado del servicio, es diferente. Disculpa si me lo aclaro de esta manera: desde que tú has dejado de ser la novia de su señor, ya no eres para él tan seductora como antes. Puedes ser su amiga de los años de infancia, pero él —realmente sólo le conozco por una conversación que he mantenido con él esta noche— no creo que dé mucha importancia a esos sentimientos. No sé por qué te parece un carácter apasionado. Su forma de pensar me parece más bien fría. Ha recibido, en relación conmigo, un encargo de Galater, que tal vez no me sea favorable; él se esfuerza en ejecutarlo, con cierta pasión servicial, como debo reconocer —aquí no es demasiado rara—, y en su misión queda incluida la ruptura de nuestra relación; él quizá lo ha intentado de formas diferentes, una de ellas fue que intentó atraerte con sus lascivas ignominias, otra, y aquí le ha ayudado la posadera, al fabular acerca de mi infidelidad; su ataque ha tenido éxito, cualquier recuerdo de Klamm puede haber ayudado, pero ha perdido el puesto, aunque quizá precisamente en el momento en que ya no lo necesitaba, ahora recolecta los frutos de su trabajo y te saca por la ventana de la escuela, con eso su trabajo ha terminado y, abandonado por el celo servicial, aparece cansado, hubiese preferido estar en el lugar de Artur, que desde luego no se queja, sino que se dedica a alabarse y a conseguir nuevos encargos, pero alguien tiene que quedarse atrás para observar el desarrollo de los acontecimientos. Para él sustentarte es un deber desagradable y pesado. En él no hay ni una huella de amor hacia ti, me lo ha confesado con toda sinceridad, como amante de Klamm, naturalmente, le resultas respetable e instalarse en tu habitación y sentirse como un pequeño Klamm, le viene de perlas, pero eso es todo, tú, ahora, no significas nada para él, haberte conseguido aquí un alojamiento no es más que una medida complementaria de su encargo principal; él también ha permanecido para que no te inquietes, pero sólo provisionalmente, mientras no reciba nuevas del castillo y su constipado no se haya curado del todo.


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