El Castillo

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Ahora se sentía al menos lo suficientemente fuerte para ver a Erlanger. Buscó la puerta de Erlanger, pero como ya no veía al criado ni a Gerstäcker y todas las puertas eran iguales, no la pudo encontrar. No obstante, creyó recordar en qué lugar del corredor había estado la puerta y decidió abrir una puerta que, según su opinión, era la buscada. El intento no podía ser muy peligroso; si era la habitación de Erlanger, éste le recibiría, si era la habitación de algún otro, sería posible disculparse e irse, y si el huésped dormía, lo que era más probable, no notaría la visita de K, sólo podía empeorar la situación si la habitación estaba vacía, pues en ese caso no podría resistir la tentación y se echaría en la cama, durmiendo hasta no se sabe cuándo. Miró una vez a derecha e izquierda del corredor por si venía alguien que le pudiese informar e hiciese inútil el riesgo, pero todo el corredor se encontraba vacío y en silencio. A continuación, K escuchó en la puerta y tampoco oyó nada. Llamó tan bajo que alguien durmiendo no se habría despertado y como entonces tampoco sucedió nada, abrió la puerta con extremada precaución. Pero le recibió un ligero grito. Era una habitación pequeña, una amplia cama ocupaba casi la mitad de ella, en la mesita de noche brillaba una lámpara, a su lado había un maletín. En la cama, aunque oculto por una manta, alguien se movió con nerviosismo y susurró a través de un resquicio entre la manta y la almohada:


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