El Castillo
El Castillo ¿Quién es?
Ahora K no podía marcharse sin más; insatisfecho observó la opulenta cama, aunque, desgraciadamente, ocupada, entonces se acordó de la pregunta y dijo su nombre. Eso pareció tener un buen efecto, el hombre en la cama retiró un poco la manta del rostro, pero con miedo, dispuesto a volverse a cubrir por completo cuando algo en el exterior le resultase sospechoso. Pero al instante se quitó toda la manta y se incorporó. Desde luego no se trataba de Erlanger. Era un hombre pequeño y bien parecido, cuyo rostro incluía una cierta contradicción: que las mejillas poseían una redondez infantil, los ojos reflejaban una alegría también infantil, pero la elevada frente, la nariz puntiaguda, la boca delgada, cuyos labios no llegaban a cerrarse, y el mentón retraído no eran en ningún modo infantiles, sino que traicionaban un pensamiento superior. Era la satisfacción, la satisfacción consigo mismo la que había mantenido en su rostro un fuerte resto de sana infantilidad.
—¿Conoce a Friedrich? —preguntó.
Kafka respondió negativamente.
—Pero él le conoce a usted —dijo el señor sonriendo.
K asintió, no le faltaba gente que le conociera, ése era incluso uno de los impedimentos principales en su camino.