El Castillo
El Castillo —Estoy muy cansado —dijo K, quien, después de la invitación, se habÃa sentado inmediatamente, con groserÃa y sin respeto alguno, en la cama y se habÃa apoyado en un poste.
—Naturalmente —dijo Bürgel sonriendo—, todos aquà están cansados. No ha sido ninguna pequeñez lo que he rendido entre ayer y hoy. Es prácticamente imposible que me vuelva a dormir ahora, pero si ocurriera esa extremada improbabilidad y me durmiera mientras usted está aquÃ, le ruego que permanezca en silencio y no abra la puerta. Pero no tema, no me voy a dormir y, en el mejor de los casos, sólo unos minutos. Ocurre conmigo que, quizá debido a que estoy acostumbrado al trato con las partes, me duermo más fácilmente cuando tengo compañÃa.
—Le ruego que se duerma, señor secretario —dijo K, contento por ese anuncio—, yo también dormiré un poco, si me lo permite.