El Castillo
El Castillo K asintió mecánicamente, había extendido su brazo izquierdo hacia arriba en el poste de la cama y descansaba su cabeza en él; ya había intentado ponerse cómodo de múltiples maneras, pero esa posición era la más cómoda de todas, ahora podía prestar algo más de atención a lo que Bürgel decía.
—Estoy dispuesto —continuó Bürgel— a seguir este asunto. Aquí en el pueblo no estamos en la situación de poder desaprovechar fuerzas laborales especializadas. Y también para usted tiene que ser desagradable, ¿no padece por ello?
—Sí que padezco —dijo lentamente K, y sonrió para sí, pues precisamente en ese momento no padecía lo más mínimo por esa circunstancia. Tampoco le hizo una gran impresión el ofrecimiento de Bürgel. Era por completo diletante. Sin saber algo de la situación que había propiciado el llamamiento de K, de las dificultades que habían surgido en la comunidad y en el castillo, de las complicaciones que se habían producido durante la residencia de K en el pueblo, sin saber nada de eso, sí, incluso sin mostrar, como sería de esperar sin más en un secretario, que ni siquiera tenía una idea del tema, se ofrecía de repente a arreglar todo el asunto con ayuda de su pequeño cuaderno de notas.