El Castillo
El Castillo K asintió sonriendo, ahora creía comprenderlo todo, y no porque le preocupase, sino porque ahora estaba convencido de que de un momento a otro iba a caer dormido profundamente, esta vez sin sueños ni perturbaciones; entre los secretarios competentes a un lado y los que no lo eran a otro y, en vista de la masa de partes tan ocupada, se sumiría en un sueño profundo y de esa manera escaparía a todos. Se había acostumbrado hasta tal punto a la voz baja y satisfecha de Bürgel, luchando ella misma en vano por alcanzar el sueño, que más que impedirla estimulaba su somnolencia.
«Muele, molino, muele —pensaba—, sólo mueles para mí».