El Castillo

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—¡Quedaos aquí! —dijo K.

Pero no cejaron en su empeño. K tuvo que repetir la orden con más severidad. Barnabás ya no estaba en el pasillo, acababa de irse. Tampoco lo vio ante la casa, y volvía nevar. Gritó:

—¡Barnabás!

No hubo respuesta. ¿Acaso se encontraba aún en la casa? No parecía haber otra posibilidad. No obstante, K volvió a gritar su nombre con todas sus fuerzas: el nombre estalló en la oscuridad de la noche. Y desde la lejanía llegó una débil respuesta, tan lejos se encontraba ya Barnabás. K respondió y fue a su encuentro; en el lugar donde se encontraron ya no podían ser vistos desde la posada.

—Barnabás —dijo K, y no pudo evitar un temblor en su voz—, quería decirte algo más. Me he dado cuenta de que no funcionaría bien si tuviese que depender de tus visitas casuales si necesito algo del castillo. Si no te hubiese alcanzado ahora por pura casualidad —aún creía que estabas en la casa—, quién sabe cuánto tendría que haber esperado a tu próxima aparición.

—Puedes pedirle al director —dijo Barnabás— que me envíe regularmente a las horas que tú indiques.

—Tampoco eso sería suficiente —dijo K—, tal vez no quiera decir nada en todo un año, pero un cuarto de hora después de tu partida se me puede ocurrir algo inaplazable.


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