El Castillo
El Castillo Durante el corto camino a la posada —K se asió del brazo de Olga y ella le arrastró, no podÃa ayudarse de otra manera, como lo habÃa hecho su hermano—, supo que esa posada sólo estaba destinada a los señores del castillo, que allà podÃan comer o incluso pernoctar cuando tenÃan algo que hacer en el pueblo. Olga habló con K en voz baja y confidencial: era agradable ir con ella, casi como con su hermano; K se resistió a esa sensación de bienestar, pero terminó plegándose a ella.
La posada era exteriormente muy similar a la posada en que K vivÃa; en el pueblo no habÃa grandes diferencias externas, pero sà que podÃan advertirse en seguida pequeñas: la escalera de entrada, por ejemplo, tenÃa una barandilla, habÃan fijado un pequeño farol sobre la puerta, cuando entraron ondeó un paño sobre sus cabezas, era una bandera con los colores condales. En el pasillo les salió al encuentro el posadero, que al parecer se encontraba realizando una ronda de inspección; con los ojos pequeños, examinadores o somnolientos, no se sabÃa muy bien, miró fugazmente a K y dijo:
—El señor agrimensor sólo puede llegar hasta el despacho de venta de consumiciones.
—Claro —dijo Olga, intercediendo en seguida—, sólo me acompaña.
K, sin embargo, desagradecido, se desprendió de Olga y se apartó con el posadero. Olga, mientras tanto, esperó pacientemente al final del pasillo.