El Castillo
El Castillo —DesearÃa pernoctar aquà —dijo K.
—Por desgracia, eso es imposible —dijo el posadero—. Parece desconocer que la casa está exclusivamente destinada a los señores del castillo.
—Eso lo puede decir el reglamento —dijo—, pero tiene que ser posible dejarme dormir en algún rincón.
—Me encantarÃa poder satisfacer su deseo —dijo el posadero—, pero aparte de la severidad del reglamento, del que usted habla como un forastero, su deseo resulta imposible de cumplir porque los señores son extremadamente sensibles; estoy convencido de que son incapaces, al menos tomándolos desprevenidos, de soportar la mirada de un extraño; si yo le dejase dormir aquà y por una casualidad —y las casualidades siempre se producen del lado de los señores— le descubrieran, no sólo estarÃa yo perdido, también usted lo estarÃa.
Sonaba ridÃculo, pero era cierto. Ese señorón, abotonado hasta el cuello, que, con una mano apoyada en la pared y la otra en la cadera, con las piernas cruzadas y un poco inclinado hacia K, le hablaba en confianza, parecÃa no pertenecer al pueblo, por más que su oscuro traje tuviese un aspecto solemne y pueblerino.