El Castillo
El Castillo —Sólo una cosa más, señorita Frieda —dijo—. Resulta extraordinario, y se necesita una gran energÃa para ascender de criada a camarera, pero ¿se puede decir que una persona asà ha alcanzado ya su meta? Ésta es una pregunta absurda. En sus ojos, y no se rÃa de mÃ, señorita Frieda, no habla tanto la lucha pasada como la futura. Pero las resistencias del mundo son grandes, se tornan más grandes cuanto más grandes son los objetivos, y no supone ninguna vergüenza asegurarse la ayuda de un hombre sin influencia pero igual de combativo. Tal vez podamos hablar con tranquilidad, no aquÃ, donde se fijan en nosotros tantas miradas.
—No sé qué pretende usted —dijo, y en el tono esta vez, contra su voluntad, no parecÃan reflejarse las victorias de su vida, sino las infinitas decepciones—. ¿Acaso desea separarme de Klamm?
—¡Cielo santo! Me ha leÃdo el pensamiento —dijo K cansado de tanto recelo—. Precisamente ésa era mi intención secreta. Usted deberÃa abandonar a Klamm y ser mi amante. Y ahora ya me puedo ir. ¡Olga! —exclamó K—. Nos vamos a casa.
Obediente, Olga descendió del barril, pero no pudo desembarazarse en seguida de los amigos que la rodeaban. Entonces dijo Frieda en voz baja, mirando a K con un aire amenazador:
—¿Cuándo puedo hablar con usted?
—¿Puedo pernoctar aqu� —preguntó K.