El Castillo
El Castillo —Para mà es muy desagradable no poder decir con seguridad que se ha ido. No sólo se trata del señor Klamm, sino del reglamento. Pero el reglamento, señorita Frieda, me afecta a mà tanto como a usted. Usted se hace responsable de esta sala, yo mismo registraré el resto de la casa. ¡Buenas noches! ¡Que duerma bien!
Aún no habÃa salido de la habitación, cuando Frieda apagó la luz y ya estaba al lado de K debajo del mostrador.
—¡Amado mÃo! ¡Mi dulce amado! —susurró, pero ni siquiera rozó a K, como inconsciente de amor yacÃa sobre la espalda con los brazos extendidos; el tiempo era infinito para su amor afortunado y suspiró, más que cantó, una canción. Luego se sobresaltó, pues K estaba sumido en sus pensamientos, y comenzó a arrastrarse hacia él como si fuera una niña:
—Ven, aquà se asfixia uno.