El Castillo
El Castillo Se abrazaron, el pequeño cuerpo ardÃa en las manos de K, rodaron sumidos en una inconsciencia de la que K intentó en vano liberarse; unos metros más allá chocaron con la puerta de Klamm provocan do un ruido sordo y allà yacieron sobre un charco de cerveza y rodeados de otra basura de la que el suelo estaba cubierto. Allà transcurrieron horas, horas de un aliento común, de latidos comunes, horas en las que K tuvo la sensación de perderse o de que estaba tan lejos en alguna tierra extraña como ningún otro hombre antes que él, una tierra en la que el aire no tenÃa nada del aire natal, en la que uno podÃa asfixiarse de nostalgia y ante cuyas disparatadas tentaciones no se podÃa hacer otra cosa que continuar, seguir perdiéndose. Y para él, al menos en un principio, no supuso ningún susto, sino un consolador amanecer, cuando alguien llamó a Frieda desde la habitación de Klamm con una voz profunda, entre indiferente y autoritaria.
—Frieda —dijo K en el oÃdo de Frieda y transmitió la llamada.
Con una obediencia innata Frieda quiso levantarse de un salto, pero entonces se acordó de dónde estaba, se estiró, rió en silencio y dijo:
—No, no iré, nunca más iré con él.