El Castillo
El Castillo K quiso contradecirla, quiso impulsarla a que fuese con Klamm, comenzó a buscar con ella los restos de su blusa, pero no pudo decir nada, estaba demasiado feliz de tener a Frieda en sus brazos, demasiado feliz y a un mismo tiempo asustado, pues le parecía que si Frieda le abandonaba, le abandonaba todo lo que tenía. Y como si Frieda se hubiese fortalecido con la aquiescencia de K, golpeó con su puño en la puerta y gritó:
—¡Estoy con el agrimensor! ¡Estoy con el agrimensor!
Entonces Klamm se calló. Pero K se levantó, se arrodilló junto a Frieda y miró a su alrededor en la penumbra del amanecer.
¿Qué había ocurrido? ¿Dónde estaban sus esperanzas? ¿Qué podía esperar de Frieda que había traicionado todo? En vez de avanzar con la mayor precaución como correspondía a la magnitud del enemigo y del objetivo, se había solazado allí durante toda la noche sobre restos de cerveza, cuyo olor llegaba a aturdir.
—¿Qué has hecho? —dijo ante sí—. Estamos perdidos.
—No —dijo Frieda—, sólo yo estoy perdida, pero te he ganado a ti. Tranquilízate, pero escucha cómo se ríen los dos.
—¿Quién? —preguntó K, y se volvió.