El Castillo

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En el mostrador estaban sentados sus dos ayudantes, un poco somnolientos, pero alegres: era la alegría que da el fiel cumplimiento del deber.

—¿Qué queréis aquí? —gritó K como si fuesen culpables de todo, y buscó a su alrededor el látigo que Frieda había tenido por la noche.

—Teníamos que buscarte —dijeron los ayudantes—, como no regresaste con nosotros a la posada, te buscamos en casa de Barnabás y finalmente te encontramos aquí: hemos estado aquí sentados toda la noche. El trabajo no es fácil.

—Os necesito durante el día, no por la noche —dijo K—. ¡Largaos de aquí!

—Ya es de día —dijeron, y no se movieron.

Realmente era de día, las puertas del patio se abrieron, los campesinos inundaron la sala con Olga, a la que K había olvidado por completo. Olga estaba animada como por la noche, por más que su pelo y su vestido estuviesen desordenados; sus ojos buscaron a K desde que apareció en la puerta.

—¿Por que no viniste a casa conmigo? —dijo ella casi llorando—. ¡Por una criada como ésa! —y repitió esa exclamación varias veces.

Frieda, que había desaparecido por un instante, regresó con un hatillo. Olga se apartó con tristeza.

Ahora ya nos podemos ir —dijo Frieda.


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