El Castillo
El Castillo Era evidente que se refería a la posada del puente, ése era el lugar al que quería ir. K iba acompañado de Frieda y, a continuación, los ayudantes: ésa era la comitiva. Los campesinos mostraron desprecio por Frieda, era comprensible porque ella hasta ese momento los había dominado con severidad: uno de ellos incluso tomó un bastón e hizo como si no quisiese dejarla irse hasta que no hubiese saltado sobre él, pero su mirada bastó para ahuyentarlo. Afuera, en la nieve, K pudo respirar algo: la alegría de estar al aire libre era tan grande que esta vez le pareció soportable la dificultad del camino, aunque si K hubiese estado solo, habría ido mejor. Al llegar a la posada, se dirigió directamente a su habitación y se echó en la cama; Frieda preparó un lecho en el suelo y los ayudantes entraron en la habitación, fueron expulsados, volvieron a entrar por la ventana y K se mostró demasiado cansado para expulsarlos de nuevo. La posadera vino en persona para saludar a Frieda y fue llamada «madrecita» por ésta, se produjo un saludo efusivo incomprensible con besos y largos abrazos. En la habitación no había apenas tranquilidad, con frecuencia entraron también las criadas alborotando con sus botas masculinas ya fuese para traer o para recoger algo. Si necesitaban cualquier cosa de la cama, llena de los objetos más dispares, no dudaban en sacarlas sin consideración a K. A Frieda la saludaron como si fuese una de ellas. A pesar de todas esas molestias, K permaneció en cama durante todo el día y la noche. De vez en cuando Frieda le tendía la mano. Cuando finalmente se levantó al día siguiente, recuperado por el descanso, ya era su cuarto día en el pueblo.