El Castillo
El Castillo Era un hombre cortés y bien educado por el trato duradero y relativamente libre con personas muy superiores a él, pero con Frieda hablaba empleando un tono especialmente respetuoso, que llamaba la atención porque, a pesar de ello, en la conversación no dejaba de ser el empleador frente a su empleada, además frente a una empleada bastante audaz.
—He olvidado por completo al agrimensor —dijo Frieda, y puso su pequeño pie en el pecho de K—. Se ha debido de ir hace tiempo.
—Pero yo no le he visto —dijo el posadero— y he estado casi todo el tiempo en el pasillo.
Aquà no está —dijo Frieda con indiferencia.
—A lo mejor se ha escondido —dijo el posadero—, después de la impresión que me ha dejado, le considero capaz de eso y de otras cosas.
—No creo que tenga esa osadÃa —dijo Frieda, y presionó aún más su pie contra K.
HabÃa algo alegre y libre en su ser que K no habÃa advertido antes y ese rasgo se apoderó increÃblemente de ella cuando de repente, y riéndose, dijo:
—A lo mejor está escondido aquà debajo —se agachó hacia K y lo besó fugazmente para levantarse al instante y decir con un tono triste:
—No, no está aquÃ.
Pero también el posadero dio motivo de sorpresa cuando dijo: