El Castillo

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—Verdaderamente —dijo la posadera mirándolo desde arriba—, me recuerda a veces a mi esposo, usted es tan obstinado e ingenuo como él. Lleva dos días en el pueblo y ya cree saberlo todo mejor que sus habitantes, mejor que yo, una mujer ya mayor, y que Frieda, que tanto ha visto y oído en la posada de los señores. No niego que alguna vez sea posible lograr algo contra los reglamentos o contra la costumbre, por mi parte no he visto algo parecido, pero según dicen hay ejemplos de ello, puede ser, pero entonces con toda certeza no ocurre de la manera en que usted pretende hacerlo: diciendo continuamente que no, guiándose sólo por su propia tozudez y pasando por alto los consejos bienintencionados. ¿Acaso cree que usted es el objeto de mi inquietud? ¿Me he ocupado de usted mientras estaba solo? ¿A pesar de que hubiese sido conveniente y se hubiese podido evitar algo? Lo único que le dije entonces a mi esposo fue: «Mantente alejado de él». Estas palabras deberían haber mantenido su validez también para mí en el día de hoy, si el destino de Frieda no estuviese involucrado. A ella le debe —le guste o no— mi atención, sí, incluso mi consideración. Y no puede simplemente rechazarme ya que usted es responsable ante mí, la única que cuida a la pequeña Frieda con atención maternal. Es posible que Frieda tenga razón y que todo lo que ha ocurrido haya sido la voluntad de Klamm, pero de Klamm no sé nada, jamás hablaré con él, para mí es completamente inalcanzable. Usted, sin embargo, se sienta aquí, tiene en sus manos a mi Frieda y —por qué debería callarlo— también está en mis manos. Sí, en mis manos, pues intente si no, joven, si le echo de casa, buscar un alojamiento en el pueblo, aunque sea en una caseta de perro.


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