El Castillo
El Castillo —¡Esas granujas! —exclamó la posadera—. ¡Esas taimadas granujas! ¡En casa de Barnabás! ¿Lo habéis oÃdo? —y se volvió hacia la esquina donde se encontraban los ayudantes, pero éstos ya hacÃa tiempo que se habÃan levantado y estaban detrás de la posadera cogidos del brazo; ella, ahora, como si necesitase un apoyo, cogió la mano de uno de ellos—. ¿Habéis oÃdo dónde las corre el señor? ¡En la familia de Barnabás! Es cierto, ahà recibirá un alojamiento, ¡ay!, habrÃa sido mejor que lo hubiese conseguido allà y no en la posada de los señores. Y ¿dónde pasasteis vosotros la noche?
—Señora posadera —dijo K antes de que respondiesen los ayudantes—, se trata de mis ayudantes, pero asà los trata como si fueran sus ayudantes y mis vigilantes. En cualquier otra cosa estoy dispuesto, al menos, a discutir cortésmente sobre sus opiniones, pero no respecto a mis ayudantes, pues aquà el asunto está claro. Por esto le pido que no hable con mis ayudantes, y si mi solicitud no bastase les prohÃbo a mis ayudantes que la contesten.
—Asà que no puedo hablar con vosotros —dijo la posadera, y los tres se rieron, la posadera, sin embargo, de forma burlona y con más suavidad de la que K habÃa esperado; los ayudantes en su forma acostumbrada, significándolo todo y nada, rechazando cualquier responsabilidad.