El Castillo
El Castillo —No te enojes —dijo Frieda—, tienes que comprender correctamente nuestra excitación. Si se quiere, en realidad debemos nuestro encuentro a Barnabás. Cuando te vi por primera vez en el mostrador —entraste del brazo de Olga— ya sabÃa algo sobre ti, pero en general me eras por completo indiferente. Pero no sólo tú me eras indiferente, casi todo, casi todo me era indiferente. Estaba insatisfecha con muchas cosas y algo me producÃa enojo, pero ¿qué clase de insatisfacción y de enojo? Por ejemplo, uno de los huéspedes me molestó en el mostrador —siempre estaban detrás de mÃ, ya viste a aquellos tipos, pero venÃan más enojosos, el servicio de Klamm no era de lo peor—, asà pues, uno de ellos me molestó, ¿qué significaba eso para mÃ? Para mà era como si hubiese ocurrido hace muchos años o como si no me hubiese ocurrido a mà o como si hubiese escuchado cómo lo contaban o como si ya lo hubiese olvidado. Pero no lo puedo describir, ni siquiera me lo puedo imaginar más, tanto han cambiado las cosas desde que he abandonado a Klamm.
Y Frieda interrumpió su relato, inclinó con tristeza la cabeza y mantuvo las manos dobladas sobre el regazo.