El Proceso
El Proceso K se lo comenzó a contar, sin silenciar nada. Su completa sinceridad fue la única protesta que se pudo permitir contra la opinión del tío de que el proceso era una gran vergüenza. El nombre de la señorita Bürstner lo mencionó sólo una vez y de pasada, pero eso no influyó en la sinceridad de su exposición, pues ella no tenía ninguna relación con el proceso. Mientras hablaba, miraba por la ventanilla y observaba cómo se acercaban a los suburbios en los que se hallaban las oficinas del juzgado. Se lo dijo a su tío, pero éste no creyó que la coincidencia fuese digna de ser tenida en cuenta. El coche se detuvo ante una casa oscura. El tío llamó a la primera puerta de la planta baja. Mientras esperaban, sonrió, hizo rechinar sus grandes dientes y musitó:
Las ocho, una hora inusual para recibir a los clientes. Huld no me lo tomará a mal.
En la mirilla de la puerta aparecieron dos grandes ojos negros, que contemplaron durante un rato a los huéspedes y desaparecieron. La puerta permaneció cerrada. El tío y K se confirmaron mutuamente haber visto los dos ojos.
Una criada nueva que tiene miedo a los extraños dijo el tío y llamó otra vez. Volvieron a aparecer los ojos, parecían tristes, pero podía ser una ilusión producida por la llama de gas que ardía por encima de sus cabezas y que apenas alumbraba.