El Proceso
El Proceso ¿El hijo del portero? preguntó K, y golpeó impaciente con el bastón en el suelo.
¿Desea algo el señor? ¿Debo traer a mi padre?
No, no dijo K. En su voz había un tono de disculpa, como si el muchacho hubiera hecho algo malo y él le perdonara. Está bien dijo, y siguió, pero antes de subir las escaleras, se volvió una vez más.
Habría podido ir directamente a su habitación, pero como quería hablar con la señora Grubach, llamó a su puerta. Estaba sentada a una mesa cosiendo una media. Sobre la mesa aún quedaba un montón de medias viejas. K se disculpó algo confuso por haber llegado tan tarde, pero la señora Grubach era muy amable y no quiso oír ninguna disculpa: siempre tenía tiempo para hablar con él, sabía muy bien que era su mejor y más querido inquilino. K miró la habitación, había recobrado su antiguo aspecto, la vajilla del desayuno, que había estado por la mañana en la mesita junto a la ventana, ya había sido retirada. «Las manos femeninas hacen milagros en silencio pensó, él probablemente habría roto toda la vajilla, en realidad ni siquiera habría sido capaz de llevársela». Contempló a la señora Grubach con cierto agradecimiento.
¿Por qué trabaja hasta tan tarde? preguntó.
Ambos estaban sentados a la mesa, y K hundía de vez en cuando una de sus manos en las medias.