El Proceso

El Proceso

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Sin embargo K no se alimentaba diariamente de esas esperanzas,. en general aún distinguía con precisión y se guardaba mucho de ignorar o pasar por alto alguna dificultad, pero a veces normalmente en estados de agotamiento por la noche, después del trabajo encontraba consuelo en los más pequeños y significativos incidentes del día. Usualmente permanecía tendido en el canapé de su despacho no podía abandonar su despacho sin tener que recuperarse después una hora en el canapé y se dedicaba a encadenar en su mente observación tras observación. No se limitaba a las personas que pertenecían a la organización de la justicia, en ese estado de duermevela se mezclaban todos, entonces se olvidaba del enorme trabajo del tribunal, le parecía que él era el único acusado y veía cómo el resto de las personas, una confusión de funcionarios y juristas, pasaban por los pasillos de un edificio. Ni los más lerdos hundían la barbilla en el pecho, todos mostraban los labios fruncidos y una mirada fija de reflexión responsable. Los inquilinos de la señora Grubach siempre aparecían como un grupo cerrado, permanecían juntos uno al lado del otro con las bocas abiertas, como los miembros de un coro. Entre ellos había muchos desconocidos, pues K hacía tiempo que no prestaba ninguna atención a la pensión. A causa de los muchos desconocidos le causaba desagrado acercarse al grupo, lo que a veces se veía obligado a hacer cuando buscaba entre ellos a la señorita Bürstner. Sobrevoló, por ejemplo, el grupo y, de repente, brillaron dos ojos completamente desconocidos que lo detuvieron. No encontró a la señorita Bürstner, pero cuando siguió buscando para evitar cualquier error, la encontró en el centro del grupo, rodeando a dos hombres con sus brazos. No le causó ninguna impresión, sobre todo porque esa visión no era nueva, sino un recuerdo imborrable de una fotografía de la playa que había visto una vez en la habitación de la señorita Bürstner. Esa visión separaba a K del grupo y aun cuando regresaba una y otra vez, sólo lo hacía para atravesar a toda prisa el edificio del tribunal. Conocía muy bien todas las estancias; incluso los pasillos perdidos, que no había visto nunca, le resultaban familiares, como si le hubieran servido de morada desde siempre. Los detalles quedaban grabados en su cerebro con una exactitud dolorosa. Un extranjero, por ejemplo, paseaba por una antesala, vestía como un torero, el talle apretado, su chaquetilla corta y rígida estaba adornada con borlas amarillas, y ese hombre, sin parar de pasear, se dejaba admirar por K. Éste, encogido, le contemplaba con los ojos muy abiertos. Conocía todos los dibujos, todos los flecos, todas las líneas de la chaquetilla y, aun así, no se cansaba de mirarla. O, mejor, hacía tiempo que se había cansado de mirarla o, aún más correcto, nunca la había querido mirar, pero no le dejaba. «¡Qué mascaradas ofrece el extranjero!» pensó, y abrió aún más los ojos. Y fue seguido por ese hombre hasta que se echó y presionó el rostro contra el canapé[40].


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker