La Condena
La Condena Transcurrió, sin embargo, una hora. Luego se levantó, se persignó minuciosamente y se dirigió tambaleado hacía la pila de agua bendita. Me interpuse entre la pila y la puerta, sabiendo que no lo dejaría pasar sin exigirle una explicación. Apreté las mandíbulas, como siempre antes de encarar una conversación decisiva. Adelanté la pierna derecha y apoyé sobre ella el peso de mi cuerpo; la izquierda sólo reposaba sobre la punta e pie. Esta posición contribuye a darme aplomo.
Es posible que el hombre me haya visto cuando mojo los dedos en el agua bendita o tal vez ya me había visto antes y se había asustado, porque de pronto echó a correr hacia la puerta y salió. La puerta vidriada se cerro tras él. Y cuando yo salí a mi vez de la iglesia, ya lo había perdido de vista, porque en las inmediaciones hay numerosas callejuelas y mucho movimiento.
Los días siguientes no vino, y en cambio vino mi amiga. Llevaba su vestido negro, con encajes transparentes en los hombros —que dejaban ver la media luna del borde de la camisa—, de cuyo ruedo caían volantes de seda bellamente cortados. Como ella siguió viniendo, me olvidé del joven y ni siquiera lo miré cuando días después apareció y reanudó sus habituales imploraciones. Pero al salir siempre pasaba a toda velocidad a mi lado, con el rostro vuelto. Quizá fuera porque yo sólo podía imaginármelo en movimiento, de modo que aun cuando estaba en reposo me parecía verlo correr.