La Condena
La Condena Una vez me demoré en mi habitación. No obstante, fui a la iglesia. Descubrí que la joven ya se había ido y decidí volverme a casa. Pero allí estaba el muchacho como siempre. Recordé nuestro anterior incidente y sentí cierta curiosidad.
De puntillas fui hasta la puerta, di una moneda al mendigo ciego allí sentado y me acurruqué a su lado, detrás de la hora abierta de la puerta; allí permanecí una hora, con expresión seguramente astuta. Me agradaba estar allí y decidí volver a menudo. Después de dos horas de espera me pareció insensato quedarme en ese lugar, por culpa de un suplicante. Y, sin embargo, me quedé una hora más, sin importarme ya que las arañas se pasearan por mis ropas, mientras los últimos fieles salían de la oscuridad de la iglesia, respirando profundamente.
Por fin salió él. Pisaba con cuidado, y sus pies tanteaban ligeramente el suelo antes de dar cada paso.
Me puse de pie, di un paso largo hada adelante y lo aferré.
—Buenas noches —le dije y, tomándolo por el cuello de la camisa, lo arrastré por la escalinata, hacia la plaza iluminada.
Cuando llegamos abajo, me dijo con voz muy temblorosa:
—Buenas noches, mi querido, queridísimo señor; no se enoje conmigo, su más devoto servidor.