La Condena
La Condena —Sà —dije yo—, quiero formularle algunas preguntas, estimado señor; ya se me escapó varias veces, pero hoy no podrá escaparse.
—Tenga piedad de mÃ, señor; permÃtame volver a mi casa. Soy indigno de su interés, ésa es la verdad.
—No —exclamé yo a través del ruido de un tranvÃa que pasaba—, no le permitiré irse. Estos encuentros son justamente los que me agradan. Usted es u na suerte para mÃ. Me felicito.
—Dios mÃo —dijo él—, tiene usted un corazón vivaz y una cabeza de adoquÃn. Para considerarme una suerte, qué feliz debe de ser. Porgue mi desdicha es una desdicha tambalean te, una desdicha que oscila sobre una punta aguzada, y apenas se Ja toca, cae sobre el curioso. Buenas noches, señor.
—Muy bien —dije, reteniéndole con fuerza la mano derecha—; ya que no quiere contestarme, me echaré a gritar aquà mismo, en la calle. Y todas las empleadas que ahora salen de los negocios, y todos sus enamorados que las esperan gozosos, acudirán corriendo, porque creerán que algún caballo de plaza se ha caÃdo o que ha ocurrido algún accidente semejante. Y entonces le denunciaré ante la multitud.
Inmediatamente me besó las manos, una después de la otra.