La Condena

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—Le diré lo que quiera, señor; pero, por favor, entremos en una de estas callejuelas laterales.

Asentí y lo seguí.

Pero no le bastaba la oscuridad de la callejuela, iluminada por lejanas lámparas amarillentas; me condujo hasta el zaguán de una vieja casa, bajo una lamparilla que pendía de un techo bajo, frente a una escalera de madera.

Allí sacó gravemente su pañuelo y, extendiéndolo sobre un escalón, me dijo:

—Siéntese, estimado señor; así podrá interrogarme con comodidad; yo permaneceré de pie para entestar mejor. Pero no me atormente.

Me senté y, mirándolo con los ojos entrecerrados, le dije:

Usted es un perfecto lunático; eso es usted. ¡Cómo se comporta en la iglesia! ¡Qué irritante y desagradable espectáculo! ¿Cómo quiere que uno medite en calma, cuando lo ve a usted?

El joven había apoyado su cuerpo contra la pared, y sólo su cabeza se movía libremente en el aire.

—No se enoje; ¿por qué se enoja por cosas que no le conciernen? Yo me enojo cuando me porto mal; pero cuando otro se porta mal, me alegro. Por eso no debe enojarse si le digo que el motivo de mi vida es ser contemplado por los demás.


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