La Condena

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—¡Que cosas dice! —exclamé demasiado fuerte para ese reducido corredor, porque temía dejar que mi voz se apagara nuevamente—. ¡Realmente, qué cosas dice! Ya adivino, ya adiviné la primera vez que lo vi, en qué estado se encuentra usted. Tengo cierta experiencia y no romeo cuando le digo que eso es un mareo en tierra fume. Es una condición en que uno se olvida del verdadero nombre de las cosas y con la prisa les pone nombres momentáneos y arbitrarios. ¡Rápido, rápido! Pero apenas se aleja de ellas, se olvida de los nombres que les puso. El álamo del campo, que usted llamó «Torre de Babel», porque no sabía o no quería saber que era un álamo, se estremece de pronto innominado, y usted se ve obligado a llamarlo «Noé, cuando estaba ebrio».

Me sentí un poco desconcertado cuando me contestó:

—Me alegro de no haber entendido lo que acaba de decir.

Airado, le dije rápidamente:

—Por eso mismo, porque se alegra, demuestra que lo ha entendido.

—Naturalmente que lo demuestro, estimado señor; pero es indudable que sus palabras fueron bastante singulares.

Apoyé una mano sobre un escalón más alto, me estiré hacia atrás, y en esta posición casi inexpugnable, último recurso del luchador, le pregunté:


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