La Condena

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—¿No le parece que tiene una manera muy astuta de librarse de las situaciones, proyectando en los otros su propio estado de ánimo?

Esto le dio coraje. Colocó una mano dentro de la otra, para dar mayor unidad a su cuerpo, y, ofreciendo cierta resistencia, me dijo:

—No, no hago eso con todos; por ejemplo, ni siquiera lo hago con usted, porque ·no puedo. Pero me alegraría mucho poder, porque entonces ya no necesitaría llamar la atención de las personas en la iglesia. ¿Sabe usted por qué lo necesito?

Esta pregunta me desconcertó. Evidentemente, no lo sabía, y creo que tampoco quería saberlo. Tampoco hubiera querido ir a ese lugar, pensaba yo, pero ese hombre me había obligado; para que lo escuchara. Por lo tanto, bastaba menear la cabeza para demostrarle que no lo sabía, pero ya no podía mover la cabeza.

El joven sonrió. Luego se arrodilló y me confesó con muecas soñolientas:



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