La Condena
La Condena —No hubo nunca época alguna en que pudiera convencerme por mis propios medios de mi existencia. Tengo por lo tanto una conciencia tan fugitiva de los objetos que me rodean que siempre creo que esas cosas han vivido alguna vez, pero que ahora están desapareciendo. Siempre siento el deseo, querido señor, de ver las cosas tales como son antes que yo las vea. Deben de ser muy hermosas y tranquilas. Así deben de ser, porque oigo a la gente hablar así de ellas.
Como no contestaba y sólo median te involuntarias contracciones del rostro le demostraba lo incómodo que me sentía, me preguntó:
—¿Usted no cree que la gente habla así?
Pensé que debía asentir con la cabeza, pero no pude.
—¿Realmente, no lo cree usted? Escúcheme, sin embargo; una vez, cuando era chico, abrí los ojos después de una breve siesta y oí, todavía semidormido, que mi madre preguntaba con voz natural, desde el balcón: «¿Qué hace usted allí, querida? Hace tanto calor.» Una mujer le contestó desde el jardín: «Gozo entre las plantas.» Lo dijo con absoluta naturalidad y sin insistir demasiado, como si todo el mundo lo diera por sentado.