La Condena
La Condena Pensé que debía contestar y, por lo tanto, metí la mano en el bolsillo posterior de los pantalones, simulando buscar algo. Pero no buscaba nada; sólo quería cambiar de posición, para suplir mi parte en el diálogo. Luego le dije que ese incidente era muy singular y que no lo comprendía. Agregué que no creía en su veracidad y que seguramente lo habría inventado con algún propósito oculto, que se me escapaba. Después cerré los ojos, porque me dolían.
—¡Oh, cuánto me alegra que usted comparta mi opinión, y ha sido muy generoso de su parte interrumpirme para hacérmelo saber! Verdaderamente, por qué avergonzarme (o por qué avergonzarnos) si mi andar no es altivo y grave, si no hago resonar las piedras con mi bastón ni rozo las ropas de la gente que pasa bulliciosamente a mi lado. Más bien, con justificado derecho, debería quejarme de verme obligado a pasar pegado a las paredes de las casas, con las espaldas encorvadas, a menudo desapareciendo en los vidrios de los escaparates.
«¡Qué días los días de mi vida! ¿Por qué está todo tan mal construido que a veces los más altos edificios se derrumban, sin que se descubra el menor motivo visible? Yo me trepo, sin embargo, a las ruinas y pregunto a todos los que encuentro: ¿Cómo pudo ocurrir esto? En nuestra ciudad…, una casa nueva…, ya es la quinta hoy…, fíjese usted. Pero nadie puede contestarme.