La Condena
La Condena »A menudo caen hombres muertos en la calle, y allà se quedan. Entonces todos los comerciantes abren sus puertas, adornadas con sus mercaderÃas, acuden ágilmente, introducen al muerto en alguna casa y reaparecen con la sonrisa en los labios y en los ojos, diciendo: ‘Buenos dÃas…; el cielo está gris…; he vendido muchos pañuelos de seda…; sÃ, la guerra.’ Me deslizo dentro de la casa y, después de alzar varias veces tÃmidamente la mano, con los dedos ya arqueados, termino por golpear en la ventanita del portero. ‘Estimado amigo —le digo amistosamente—, acaban de traerle un muerto. Muéstremelo, se lo ruego.’ Y cuando él menea la cabeza, indeciso, le digo con decisión: ‘Estimado amigo. Soy de la PolicÃa secreta. Muéstreme ahora ese cadáver.’ ‘¿Un cadáver?’, pregunta él entonces, casi ofendido. ‘No, aquà no hay ningún cadáver. Esta es una casa decente.’ Saludo y me voy.