La Condena

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«Luego, cuando tengo que atravesar una plaza grande, me olvido de todo. La dificultad de esta empresa me perturba, y pienso insistentemente: Ya que construyen plazas tan grandes por puro capricho, ¿por qué no construyen también una balaustrada de piedra, que sirva de guía a través de la plaza? Hoy sopla un viento fuerte del Sudoeste. El aire de la plaza se arremolina. La aguja de la Municipalidad describe pequeños círculos. ¿Por qué no ponen orden en este caos? Todos los vidrios de las ventanas repiquetean, y los postes de alumbrado se inclinan como bambúes. El manto de la Virgen María sobre la columna flamea, y el viento tempestuoso quiere desgarrarlo. ¿Nadie lo ve? Los caballeros y las damas que quieren atravesar la plaza se deslizan por el aire. Cuando el viento amaina, se quedan donde están, se dicen algunas palabras y se inclinan para saludarse; apenas se reinician las ráfagas no pueden resistirlas, y todos los pies se elevan al mismo tiempo. Naturalmente, tienen que sostenerse el sombrero; pero sus miradas brillan alegremente, como si se tratara de una suave brisa. Sólo yo estoy atemorizado.»

Ofendido, le dije:




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