La metamorfosis y otros relatos

La metamorfosis y otros relatos

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Me sirven una copa de ron; el anciano me palmotea la espalda, como si el ofrecimiento de su preciado licor le diera derecho automáticamente a esta familiaridad. Niego con la cabeza; para la limitada mentalidad del anciano, debo de estar enfermo: es la única explicación posible a mi negativa. La madre permanece junto al lecho y me induce a acercarme; obedezco, y mientras un caballo relincha estridentemente, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo mi barba mojada. Compruebo lo que ya sabía: el joven está sano; tiene algún leve trastorno circulatorio, está saturado del café que su solícita madre le sirve, pero no le pasa nada; lo mejor sería sacarlo de un tirón de la cama. No soy ningún reformador de costumbres y lo dejo donde está. Soy el médico de zona y cumplo con mi obligación hasta donde puedo, incluso más allá de lo que exige el deber. Mal pagado, soy, sin embargo, generoso con los pobres y trato de ayudarlos. Tengo que ayudar a Rosa; el joven puede hacer lo que le dé la gana. ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno? Mi caballo se ha muerto, y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Me veo obligado a buscar caballos en la pocilga; si por casualidad no hubiera encontrado esos caballos, habría debido recurrir a los cerdos. Saludo a la familia con un movimiento de cabeza. No saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo creerían. Es fácil escribir recetas, pero entenderse con la gente es difícil. Una vez más me han molestado inútilmente, estoy acostumbrado; con esa campanilla nocturna todos me acosan; pero que, además, tenga que sacrificar ahora a Rosa, esa hermosa joven que durante años vivió en mi casa casi sin que yo me diera cuenta de su presencia… Esto es demasiado, y tengo que encontrar una solución, cualquier cosa, para no dejarme entretener por esta familia, que nunca podrían devolverme a Rosa. Pero mientras cierro el maletín y extiendo el brazo hacia mi abrigo, la familia se reúne; el padre olfatea la copa de ron que tiene en la mano; la madre, evidentemente decepcionada conmigo, se muerde llorosa los labios, y la hermana agita un pañuelo manchado de sangre; me siento, en cierto modo, dispuesto a admitir que tal vez el joven esté enfermo. Me acerco a él; me sonríe como si le trajera la más fortificante de las sopas; ahora los dos caballos relinchan juntos; seguramente ese estrépito ha sido dispuesto por los cielos para facilitar mi revisión, y esta vez descubro que el joven está grave. En el costado derecho, cerca de la cadera, tiene una herida tan grande como la palma de mi mano. Rosada, multicolor, oscura en el fondo, más clara en los bordes, ligeramente granulada, con coágulos de sangre, abierta como una excavación. Así es, vista de lejos. De cerca se observa, sin embargo, una complicación. Gusanos largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se retuercen en el interior de la herida, hacia la luz, con sus cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, no tienes salvación. He descubierto tu gran herida; esta flor de tu costado te mata. La familia está radiante, me ven en plena actividad; la hermana se lo dice a la madre; la madre, al padre; el padre, a algunas visitas que entran por la puerta abierta —por donde irrumpe la claridad lunar— de puntillas, balanceando los brazos extendidos.


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