La metamorfosis y otros relatos
La metamorfosis y otros relatos No se puede hablar con los nómadas. No comprenden nuestro idioma y casi no tienen idioma propio. Entre ellos se entienden como los cuervos. Continuamente se los oye graznar. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como poco interesantes. Por tanto, ni siquiera tratan de entender nuestras señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas haciendo gestos: no entienden nada y no entenderán nunca. A menudo hacen muecas; ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca; pero con eso no quieren decir nada ni tampoco dar miedo; lo hacen por costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No puede decirse que utilicen la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas, y uno se hace a un lado y se las cede.
De mi tienda se han llevado excelentes artículos. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, la suerte que corre el carnicero. Apenas llega su mercancía, los nómadas se la llevan e inmediatamente se la comen. También sus caballos comen carne; a menudo se ve a un jinete junto a su caballo, comiendo a la vez del mismo trozo de carne. El carnicero tiene miedo y no se atreve a suspender los pedidos. Pero nosotros nos hacemos cargo de su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómadas se quedaran sin carne, quién sabe lo que harían; por otra parte, quién sabe de lo que son capaces, aun comiendo carne todos los días.