La metamorfosis y otros relatos
La metamorfosis y otros relatos Como alentados por estas palabras, acaso excesivamente amistosas, estrecharon el cerco a mi alrededor; todos jadeaban con la boca abierta.
—Sabemos —comenzó el más viejo— que vienes del Norte; en eso basamos nuestras esperanzas. Allà hay más comprensión de la que encontramos entre los árabes. De su frÃa arrogancia, bien lo sabes, no se puede esperar el menor atisbo de comprensión. Matan animales para comérselos y desprecian la carroña.
—Baja la voz —dije—; hay árabes durmiendo cerca.
—Realmente, eres un extranjero —dijo el chacal—; si no, sabrÃas que jamás un chacal ha temido a un árabe. ¿Por qué habrÃamos de temerles? ¿No es ya bastante desgracia vivir exiliados entre semejante gente?
—Tal vez —dije—; no puedo juzgar una cuestión que se sale por completo de mi competencia; parece una enemistad muy antigua, debe de estar en la sangre, y acaso sólo termine con la sangre.
—Eres muy perspicaz —dijo el viejo chacal; y todos jadearon con renovada ansiedad, agitados, a pesar de estar inmóviles; un olor rancio, que me obligaba a apretar los dientes, emanaba de sus fauces abiertas—. Lo que acabas de decir concuerda con nuestra antigua tradición. Asà es; haremos correr su sangre y terminará la lucha.