La Metamorfosis
La Metamorfosis —No se encuentra bien —dijo la madre a este último mientras el padre continuaba hablando junto a la puerta—. Está enfermo, créame. ¿Cómo si no, iba a perder el tren? Gregorio no piensa más que en el almacén. ¡Si casi me molesta que no salga ninguna noche! Ahora, por ejemplo, de los ocho dÃas que ha estado aquÃ, ¡ni una sola noche ha salido de casa! Se sienta con nosotros alrededor de la mesa, lee el periódico en silencio o estudia itinerarios. Su única distracción es la carpinterÃa. En dos o tres tardes ha tallado un marquito. Cuando lo vea, se va a asombrar; es precioso. Está colocado en su cuarto; ahora lo verá en cuanto Gregorio abra. Por otra parte, me alegro de que haya venido usted, pues nosotros no hubiéramos podido convencer a Gregorio de que abra la puerta. ¡Es tan testarudo! Seguramente no se encuentra bien, aunque antes dijo lo contrario.
—Voy en seguida —dijo débilmente Gregorio, sin moverse para no perder palabra de la conversación.
—Seguro que es como dice usted señora —repuso el jefe—. Espero que no sea nada serio. Aunque, por otra parte, he de decir que nosotros, los comerciantes, tenemos que saber afrontar a menudo ligeras indisposiciones, anteponiendo los negocios ante todo.
—Bueno —preguntó el padre, impacientándose y volviendo a llamar a la puerta—; ¿puede entrar ya el señor?
—No —respondió Gregorio.