La Metamorfosis
La Metamorfosis En la habitación de la izquierda se hizo un apenado silencio, y en la de la derecha la hermana comenzó a sollozar.
¿Por qué no iba a reunirse con los demás? Claro, acababa de levantarse y ni siquiera habría empezado a vestirse. Pero ¿por qué lloraba? Acaso porque el hermano no se levantaba, porque no abría la puerta, porque corría el riesgo de perder su empleo, con lo cual el dueño volvería a atormentar a los padres con las viejas deudas. Pero, por el momento, estas preocupaciones no venían a cuento. Gregorio estaba allí, y no pensaba ni remotamente en abandonar a los suyos. Yacía sobre la alfombra, y nadie que supiera en qué estado se encontraba hubiera pensado que podía hacer pasar a su jefe. Esta leve descortesía, que más adelante explicaría satisfactoriamente, no podría ser motivo suficiente para despedirle. Y Gregorio pensó que, de momento, en vez de molestarle con quejas y sermones, era mejor dejarlo en paz. Pero la incertidumbre en que se hallaban con respecto a él era precisamente lo que inquietaba a los otros, disculpando su actitud.