Un médico rural
Un médico rural Y a cinco casas de distancia, del otro lado de la calle, la señora Wese, con el abrigo de piel de zorros sobre el camisón, miraba también por la ventana, esperando a su marido, que hoy tardaba más que de costumbre.
Finalmente sonó la campanilla de la puerta del escritorio de Wese, demasiado fuerte para la campanilla de una puerta; sonó por toda la ciudad, hacia el cielo, y Wese, el laborioso trabajador nocturno, salió de la casa, todavía invisible, sólo anunciado por el sonido de la campanilla; inmediatamente, el pavimento registra sus tranquilos pasos.
Pallas se asoma todavía más; no se atreve a perder ningún detalle. La señora Wese, tranquilizada por el sonido de la campanilla, cierra ruidosamente la ventana. Pero Schmar se arrodilla; como en ese momento no tiene ninguna otra parte del cuerpo descubierta, sólo apoya la cara y las manos contra las piedras; donde todo se hiela, Schmar arde.