Antropologia Collins

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La embriaguez es el estado más curioso del mundo, pues el hombre se deja llevar más bien por quimeras que por la realidad, se cree lo suficientemente fuerte para cualquier empresa, aunque no es capaz de ejecutar siquiera las acciones más sencillas, y siente que su estado es el más feliz, aunque se encuentre en una situación miserable. En semejante estado, su sensibilidad se embota por completo y su imaginación se vuelve extremadamente viva. Hay distintas naciones en las que no se embriagan y en las que no tienen ninguna bebida que produzca ebriedad; sin embargo, otros salvajes que conocen estos medios se entregan a la bebida de manera asombrosa, hasta el punto de que, si reciben un tonel de aguardiente, no lo dejan hasta que lo han apurado. La bebida produce más sensaciones en los hombres que no piensan, y por eso les gusta a todas las naciones bárbaras. Ahora bien, los efectos de la embriaguez son diferentes en las distintas naciones: los orientales se ponen furiosos con la bebida, mientras que hace sociables a los pueblos nórdicos. Además, hay que distinguir con sumo cuidado el beber hasta achisparse o hasta embriagarse de la inclinación a emborracharse. Esta es infame, la primera en cambio merece investigación. Se advierte en primer lugar que un hombre que se emborracha él solo en silencio se avergüenza de ello, lo cual muestra a las claras que la bebida ha de ser un medio para la sociabilidad. Cuando en una reunión de sociedad las bebidas son consideradas como un medio artificial para alegrarse, entonces se les otorga su auténtico valor. Cuando no sobrepasa los límites, beber es muy útil para socializarse, pero la cuestión de hasta qué grado se puede llegar en las distintas circunstancias es muy delicada. Con todo, una ligera embriaguez nos vuelve notoriamente locuaces y nos libera de la coacción de la hipocresía, como si estuviésemos en un puro estado de naturaleza. Por otro lado, las propias bebidas producen distintos efectos: el aguardiente nos vuelve huraños, y es preferible beberlo solos que en sociedad, pues la embriaguez que produce es además ultrajante. La cerveza nos vuelve pesados y poco sociables, mientras que el vino ensancha el espíritu y es una bebida social.


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