Correspondencia

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Un tal amor que es sólo virtud (el otro es mera inclinación ciega), quiere compartirse plenamente y espera también por parte del otro el mismo compartir de los corazones, que ninguna reserva pueda debilitar. Así debería ser y eso exige el ideal de la amistad. Pero está entrañada en el hombre una impureza, que, aquí más, allí menos, limita esa apertura del corazón. Sobre este obstáculo a la entrega recíproca de los corazones, sobre la secreta desconfianza y la reserva que hacen que uno, incluso en el más íntimo trato con sus personas de confianza, siempre tenga que quedar solo y encerrado en sí mismo en una parte de sus pensamientos, [sobre esto, repito] ya dejaron oír su queja los antiguos: «mis queridos amigos, ¡no hay ningún amigo!» [Diógenes Laercio V, 21]. Y sin embargo, se describe la amistad como lo más dulce que la vida humana puede contener, y que las almas bien nacidas pueden ardientemente desear. Eso sólo puede tener lugar en la apertura de corazón.








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