Correspondencia
Correspondencia La razón de que haya tardado tanto en decirle algo de la alegría que me produjo su carta, es porque considero su tiempo tan valioso que sólo me he atrevido a robarle su tiempo sólo porque pudiera servir no ya a mi gusto, sino también como alivio de mi corazón. Ya me lo proporcionó cuando bajo la gran afección de mi espíritu busqué su ayuda y usted me la dio a mí y a mi espíritu tan adecuadamente, que estimulada tanto por su bondad como por su conocimiento tan profundo del corazón humano, no me avergüenzo de volver a describirle el camino posterior de mi alma. La mentira por la que me acusé delante de usted, no fue la ocultación de una falta, sino que en relación a la amistad surgida entonces (envuelta en amor) fue sólo un delito de reserva. La causa de que confesara demasiado tarde a mi amigo —pero le confesé al fin y al cabo— fue la lucha de las previsibles consecuencias negativas de mi pasión, con la conciencia de la sinceridad debida a la amistad. Al final logré la fuerza [para decírselo], y con el descubrimiento cambié la piedra [preciosa] de mi corazón con la privación de su amor. Pues gocé con la posesión de ese placer no concedido por mí misma tan poca tranquilidad, como después por la pasión herida que destrozó mi corazón y que me torturaba de un modo que no le deseo a nadie, ni a quien quiere aferrarse a su maldad con un proceso jurídico. Entretanto mi amigo mantuvo su frialdad, como Vd. preveía en su carta; a continuación me compensó el doble, con la más fervorosa amistad, que por su parte es una suerte, pero yo no estoy contenta, porque eso sólo distrae pero a mí no me sirve; mis claros ojos siempre reprochan y todo ello me hace sentir un vacío que se expande dentro y fuera de mí, de modo que me siento casi completamente innecesaria, superflua. Nada hay estimulante a mis ojos; ni siquiera el logro de todos los deseos que tienen que ver conmigo me daría placer; nada me parece que valga la pena, y todo esto no por descontento, sino por la consideración de cuánto desajuste acompaña a lo bueno. Quisiera ayudar a que creciera el obrar correcto y disminuyera el inadecuado. Pero el mundo parece ocupado sólo con lo segundo. Para mí es como si mi tendencia a la actividad real, sólo la sintiera en mí para ahogarla. Cuando no estando impedida por relación alguna estoy todo el día sin tener nada que hacer, me tortura un aburrimiento que me hace la vida insoportable. Aunque me gustaría vivir mil años, ¡oh Dios!, si pudiera pensar que tal inactividad pudiera gustarme. No me tome por arrogante si le digo que las tareas de la moralidad son demasiado poca cosa para mí, pues quisiera con el mayor afán realizar muchas cosas mientras ella (la moralidad) mantenga su vigencia a través de una sensibilidad estimulada, por la cual a mí casi no me cuesta ningún esfuerzo cortarla, puesto que me parece que a quien se le pone claro delante el mandato del deber ya no es libre de transgredirlo; pues yo tendría que ofender a mi sentimiento sensible si actuara contra el deber, pues me surge de manera tan instintiva, que ciertamente no tengo el menor mérito siendo moral.