CrÃtica de la Razón Práctica
CrÃtica de la Razón Práctica Pero también la experiencia confirma este orden de los conceptos en nosotros. Tomemos a cualquiera que considere irresistible su inclinación lujuriosa cuando se le presenta una ocasión propicia para ello y tenga delante al objeto amado e interroguémosle sobre lo que harÃa si ante la casa donde encuentra esa oportunidad fuera levantado un patÃbulo para ahorcarlo nada más haber gozado de su voluptuosidad; ¿acaso no sabrÃa dominar entonces su inclinación?
No cuesta mucho adivinar cuál serÃa su respuesta.
Pero preguntémosle ahora lo que harÃa si su prÃncipe, amenazándole con aplicarle sin tardanza esa misma pena de muerte, le exigiera levantar falso testimonio contra un hombre honrado al que dicho prÃncipe quisiera echar a perder recurriendo a fingidos pretextos; ¿acaso no le parecerÃa entonces posible vencer su amor a la vida por muy grande que fuera éste?
Quizá no se atreva a asegurar si lo harÃa o no; sin embargo, que le serÃa posible hacerlo, ha de admitirlo sin vacilar. Asà pues, juzga que puede hacer algo porque cobra consciencia de que debe hacerlo y reconoce en su fuero interno a esa libertad que hubiese seguido siéndole desconocida sin la ley moral.
Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad siempre pueda valer al mismo tiempo como principio de una legislación universal. \ I