CrÃtica de la Razón Práctica
CrÃtica de la Razón Práctica O imaginad que alguien os recomiende a un administrador al cual cupiera confiar ciegamente todos vuestros asuntos y que, para inspiraros confianza, lo elogie como un hombre prudente que se da buena maña para obtener su propio provecho y también como una persona tan eficiente e incansable que no deja pasar ninguna ocasión sin sacarle algún beneficio; y finalmente, para I ahuyentar cualquier recelo[A 63] respecto a que su egoÃsmo sea de baja estofa, alabe cuán refinadamente entiende la vida al no cifrar su deleite en acumular dinero o en una brutal voluptuosidad, sino en ampliar sus conocimientos frecuentando el trato de gente distinguida e instruida, asà como en socorrer a los necesitados, aun cuando por lo demás no tenga escrúpulos en lo tocante a los medios (cuyo valor o indignidad sin embargo sólo está en función de los fines) y emplee para todo ello el dinero<Ak. V, 36> ajeno como si fuera suyo, \ tan pronto como se asegura de que no será descubierto. De quien hiciera semejante recomendación sólo podrÃais creer que os está tomando el pelo o que ha perdido el juicio.
Las fronteras entre la moralidad y el amor propio están delimitadas tan nÃtidamente que incluso el ojo menos avezado no puede errar al apreciar si algo pertenece a la primera o a lo segundo. Las escasas observaciones que siguen parecen ociosas ante una verdad tan evidente, pero cuando menos sirven para procurar una mayor claridad al juicio de la razón humana ordinaria.