CrÃtica de la Razón Práctica
CrÃtica de la Razón Práctica La máxima del amor hacia uno mismo (prudencia) simplemente aconseja, mientras que la ley de la moralidad ordena. Pero sin duda media una enorme diferencia entre lo que nos es aconsejado y aquello hacia lo cual estamos obligados.
Aquello que ha de hacerse conforme al principio de autonomÃa del albedrÃo es comprendido muy fácilmente y sin titubeos por el entendimiento más común; lo que ha de hacerse bajo el supuesto de la heteronomÃa es harto complicado y exige mucha «mundologÃa». Aquello que constituye el deber se brinda por sà mismo a cualquiera, mientras que cuanto reporta un provecho auténtico y perdurable (si debe abarcar toda la existencia) se ve siempre envuelto en una impenetrable oscuridad y requiere mucha prudencia para acomodar aceptablemente a los fines vitales la regla práctica que se ve determinada por las oportunas excepciones. En cambio la ley moral ordena a cualquiera el cumplimiento más puntual. Luego el dictamen relativo a cuanto debe hacerse según dicha ley no ha de ser tan difÃcil como para que no sepa manejarse con ella el entendimiento más común e inexperimentado, incluso sin prudencia en las cosas del mundo.