Crítica de la Razón Práctica

Crítica de la Razón Práctica

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Satisfacer el mandato categórico de la moralidad se<Ak. V, 37> halla siempre \ a nuestro alcance, mientras que hacer[A 65] lo propio con la prescripción empíricamente I condicionada de la felicidad sólo resulta posible muy de vez en cuando y con respecto a un único propósito. La causa de ello es que, mientras para lo primero sólo importa que la máxima sea genuina y pura, lo segundo depende asimismo de las fuerzas y la capacidad física para hacer realidad un objeto deseado. Un mandato conforme al cual cada uno debiera tratar de hacerse feliz sería bastante absurdo, porque nunca se ordena a nadie aquello que ya quiere inevitablemente de suyo. Únicamente habría que mandarle, o más bien brindarle, las medidas a tomar, habida cuenta de que no puede todo cuanto quiere. Sin embargo, ordenar la moralidad bajo el nombre del «deber» sí es algo enteramente razonable, puesto que de primeras nadie quiere acatar voluntariamente su prescripción cuando entra en conflicto con las inclinaciones; y por lo que atañe a las disposiciones sobre cómo pueda observar esa ley, éstas no admiten ser enseñadas aquí, dado que cuanto quiere a este respecto también lo puede.





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