Crítica de la Razón Práctica

Crítica de la Razón Práctica

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No obstante, respecto a mi trabajo en la Crítica de la razón pura debo decir que, si bien se vio ciertamente motivado por esa teoría humeana de la duda, llegó sin embargo mucho más lejos y abarcó todo el campo de la razón pura teórica en su uso sintético, incluyen<Ak. V, 53>do asimismo a lo que se llama \ «metafísica» en general. En lo que atañe a la duda sobre el concepto de causalidad expresada por el filósofo escocés, procedí del siguiente modo. Cuando Hume toma los objetos de la experiencia por cosas en sí mismas (como suele suceder casi por doquier), lleva toda la razón en declarar al concepto de causa como algo engañoso y considerarla una falsa ilusión; pues a partir de las cosas en sí mismas y sus determinaciones en cuanto tales no puede comprenderse por qué, al ponerse «A», tiene que ponerse también necesariamente «B», con lo cual Hume no pudo admitir semejante conocimiento a priori acerca de las cosas en sí mismas. Tampoco podía un hombre tan perspicaz reconocer un origen empírico a ese concepto, porque tal origen contradice expresamente la necesidad de la conexión que constituye lo más esencial del concepto de causalidad. Por lo tanto, este concepto quedó desterrado y vino a ocupar su lugar la costumbre en la observación del curso de las percepciones. I Sin embargo, a partir de mis investigaciones, se[A 93] probó que aquellos objetos con los cuales hemos de tratar en la experiencia no suponen en modo alguno cosas en sí mismas, sino que son simples fenómenos, probándose también que, aun cuando con respecto a las cosas en sí mismas no haya ninguna manera de vislumbrar y hasta sea imposible comprender cómo, si se supone «A», debería resultar contradictorio no suponer «B», que es completamente distinto de «A» (la necesidad de una conexión entre «A» como causa y «B» como efecto), sí cabe pensar que, en cuanto fenómenos, tengan que verse necesariamente vinculados en una experiencia de cierto modo (v. g., en lo tocante a las relaciones temporales) y no puedan disociarse sin contradecir esa conexión mediante la cual es posible tal experiencia, en donde constituyen objetos que nos son cognoscibles. Y, al verificarse que de hecho esto era así, pude probar el concepto de causa no sólo según su realidad objetiva, con respecto a los objetos de la experiencia, sino que también logré deducirlo como concepto a priori, gracias a la necesidad de la conexión que comporta, evidenciando su posibilidad a partir del entendimiento puro sin echar mano de fuentes empíricas, y, tras desviar al empirismo de su manantial, conseguí extirpar desde la raíz esa inevitable consecuencia del mismo llamada «escepticismo», primero con respecto a la ciencia de la naturaleza, e igualmente con respecto a las matemáticas, por cuanto ésta obedece a los mis[A 94]mos fundamentos que aquélla I y ambas versan sobre los objetos de una experiencia posible, con lo cual me<Ak. V, 54> fue posible \ arrancar de cuajo esa duda que se cernía globalmente sobre todo cuanto pretende comprender la razón teórica.


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