Crítica de la Razón Práctica
Crítica de la Razón Práctica El conjunto de todas las inclinaciones (que bien pueden verse sistematizadas y cuya satisfacción se denomina entonces «felicidad propia») constituye el egoísmo (solipsismus). Éste supone o bien el amor hacia uno mismo, esa benevolencia para consigo mismo (philautia) que pasa por encima de todo, o bien la complacencia con uno mismo (arrogantia). El primero se llama propiamente «amor hacia uno mismo» y el segundo «vanidad.». La razón pura práctica sólo causa quebranto a ese amor hacia uno mismo que nace dentro de nosotros con anterioridad a la ley moral, en tanto que lo circunscribe a la condición de concordar con dicha ley, recibiendo entonces el nombre de amor hacia uno mismo racional. Pero lo que se ve completamente abatido por ella es la vanidad, en tanto que todas las pretensiones de autoestima que precedan al acuerdo con la ley moral I quedan desautorizadas y anuladas, por cuanto la cer[A 130]teza sobre una intención que coincide con esa ley constituye justamente la protocondición del valor atribuible a cualquier persona (como pronto aclararemos) y cualquier atribución anterior a ésta en tal sentido se muestra tan artificiosa como ilegítima. La propensión hacia la autoestima es una de aquellas inclinaciones que se ven quebrantadas por la ley moral, en la medida en que pivote únicamente sobre la sensibilidad[132]. Por lo tanto, la ley moral aniquila toda vanidad. Sin embargo, como esa ley supone algo positivo de suyo, cual es la forma de una causalidad intelectual, o sea, la libertad, resulta entonces que, al debilitar la vanidad oponiéndose a esa resistencia subjetiva de nuestras inclinaciones, constituye al mismo tiempo un objeto de respeto y, cuando consigue aniquilar por completo dicha vanidad, humillándola, supone un objeto de máximo respeto, con lo cual constituye también el fundamento de un sentimiento positivo que no tiene origen empírico y es reconocido a priori. Así pues, el respeto hacia la ley moral es un sentimiento producido por un motivo intelectual, siendo este sentimiento el único que reconocemos cabalmente a priori y de cuya necesidad nos cabe apercibirnos. \