Crítica de la Razón Práctica
Crítica de la Razón Práctica Fontenelle[135] dice: «yo me inclino ante los nobles, mas no así \ mi espíritu». Yo puedo añadir lo siguien<Ak. V, 77>te: «ante un hombre corriente en el cual advierto una integridad de carácter superior a la mía propia se inclina mi espíritu, al margen de que yo quiera o no hacerlo y por muy alta que lleve la cabeza para hacerle notar mi rango». ¿Por qué? Su ejemplo me muestra una ley que aniquila mi vanidad, cuando cotejo mi conducta con esa ley cuyo seguimiento y viabilidad veo ante mí demostrados por los hechos. E incluso aun cuando mi consciencia me imputase un grado similar de probidad, aquel respeto hacia esa persona ejemplar permanecería intacto. Pues, como en el ser humano todo cuanto es bueno resulta siempre defectuoso, I la ley anula siempre mi orgullo mediante un[A 137] ejemplo evidenciado y el hombre que veo ante mí, al resultarme bastante más desconocidos sus posibles defectos que los míos propios, se me aparece bajo una luz más pura y me proporciona una medida. El respeto es un tributo que no podemos negar al mérito, queramos o no; y por mucho que gustemos de reprimir su exteriorización, lo cierto es que no podemos evitar el sentirlo dentro de nuestro fuero interno.