Crítica de la Razón Práctica
Crítica de la Razón Práctica El respeto es en tan escasa medida un sentimiento de placer que uno sólo cede ante él de mala gana en relación a un ser humano. Se intenta descubrir algo censurable que pueda aliviarnos de la carga del respeto, para resarcirnos de la humillación que nos acarrea un ejemplo semejante. Hasta quienes han fallecido no siempre se ven a salvo de esta crítica, sobre todo cuando su ejemplo parece inimitable. Incluso la propia ley moral con su solemne majestad se ve expuesta a ese afán por defenderse contra el respeto. ¿Acaso se cree poder atribuir a otra causa el gusto por envilecer esa ley siguiendo una íntima inclinación, o acaso el esfuerzo por convertirla en una prescripción discrecional de nuestro propio beneficio bien entendido puede obedecer a otras causas que[A 138] no sea querer desembarazarse del intimidatorio I respeto invocado con nuestra propia indignidad? No obstante hay asimismo tan escaso displacer en ello que, una vez depuesta la vanidad y tras haber dado pábulo al influjo práctico de aquel respeto, no puede uno dejar de contemplar la magnificencia de esa ley, creyendo el alma elevarse en la misma medida que ve alzarse esa sacrosanta ley sobre ella y su frágil naturaleza.