CrÃtica de la Razón Práctica
CrÃtica de la Razón Práctica Es cierto que los grandes talentos y \ una ocupación<Ak. V, 78> acorde con ellos pueden suscitar también respeto o un sentimiento análogo al mismo, conviniendo asimismo dedicárselo, y parece como si la admiración fuese identificable con aquella sensación. Ahora bien, si se mira más de cerca, se observará entonces que, como siempre resulta incierto cuánto aporta el talento innato a esa destreza y cómo contribuye a ella la cultura obtenida por el propio esfuerzo, la razón suele presentarnos tal destreza como un probable fruto de la cultura y, por consiguiente, como un mérito que rebaja notablemente nuestra vanidad, al servirnos de reproche o imponérsenos el seguimiento de semejante ejemplo en la forma que nos resulte más conveniente. Asà pues, el respeto que testimoniamos a una persona semejante (propiamente a la ley que nos indica su ejemplo) no equivale a simple admiración, lo cual se ve asimismo corroborado por el hecho de que muchos admiradores triviales pierdan todo respeto cuando I creen haber[A 139] averiguado algo malo relativo al carácter del personaje admirado (como acaso Voltaire), si bien el auténtico sabio siempre conserva ese respeto al menos en lo tocante a sus talentos, pues él mismo se halla comprometido con un quehacer y una vocación que de alguna manera convierten la emulación del mismo en una ley.